PARÍS
Hay ciudades en que transcurre un tiempo, una etapa de nuestra vida; y las hay en que, también y al tiempo, hay a través de nuestra vida un tiempo de ellas. Como si, tras la emoción de cada estancia, no fuera la partida un STOP, sino un PAUSE a la espera de un nuevo PLAY en el que fluya el tiempo y la vida. Y nos preguntamos con nostalgia anticipada si llegará tal vez un día en que comenzará el tiempo distinto de la cotidianidad de la vida en esa ciudad. Ha querido el destino de mi vida diplomática itinerante que tras el de Estrasburgo ante el Consejo de Europa haya venido el de París ante la OCDE, tras el tiempo de sus cisnes el presente de un presente, un tiempo en París. Tiempo en París de la cotidianidad de nuestras vueltas al Sena que Dulce y yo hemos dado en nuestro paseo vespertino, cuyo procesamiento poético ante la perspectiva de partir a un nuevo destino en Helsinki ha dado lugar a este París en el que se ha vertido el agua desde el principio y el siempre estancada, lo vivido y lo reflexionado y lo del alma vislumbrado o descubierto, vapor de la música apresado en una sinfonía en seis movimientos...