DÍA DE EUROPA MEMORIA DE EUROPA ESPERANZA DE EUROPA

  • DÍA DE EUROPA MEMORIA DE EUROPA ESPERANZA DE EUROPA

Día de Europa

Memoria de Europa

Esperanza de Europa

Se cumple este y cada día Europa. Se cumplió este y cada cinco de Mayo el aniversario del alumbramiento, con el Estatuto de Londres, de la Europa contemporánea en que vivimos, la del Consejo de Europa. La Europa de los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia.

Se cumple la vida y la celebramos. Pues, como he señalado ya en otras ocasiones, celebramos aquello que somos y en lo que creemos. Celebramos lo que pasó para que fuéramos lo que somos y quienes somos y queremos seguir siendo. Celebramos en lo que creemos y celebramos que creemos. Celebramos los momentos hermosos de la vida, y los celebramos para hacerlos más hermosos. Y la vida misma, y haber nacido. Y la muerte para que en nosotros sigan vivos quienes en nosotros viven. Celebramos que estamos juntos, para estar juntos; y nos juntamos para celebrar. Celebramos que somos nosotros, el nosotros que somos y para ser nosotros. Celebramos lo que hemos hecho, lo que hemos conseguido, lo que hemos sido y queremos ser.

Se cumple este y cada nueve de Mayo, y este y cada nueve de Mayo nos preguntamos, como hice por primera vez en mi blog Ideas subyacentes en El País, ¿Por qué no celebramos hoy el Día de Europa?.

Día de Europa en el que inauguramos solemnemente, aquí en Estrasburgo, la Conferencia sobre el futuro de Europa, en la que nos invita a los ciudadanos a aportar nuestras ideas, nuestras propuestas, nuestra voz. Día de Europa: día en que escuchar, tal vez más que nunca, su voz, de leer o releer esta Carta de Europa en su día que lanzaba en la botella hoy hace un año.

Al hablar del futuro de Europa, para afrontarlo y encararlo, ¿cómo no tener presente a María Zambrano cuando nos decía que no existe el presente; sino el presente del pasado, o la memoria, y el presente del futuro, o la esperanza?. Se nos plantea en este y en todo presente el reto de hacer la alquimia, de transformar la memoria en esperanza, del ayer en el hoy, del hoy en el mañana que seremos, que en esperanza somos. Si queremos que esta Conferencia sobre el futuro de Europa sea la de la esperanza de Europa, que salgan de ella las ideas que, como nos decía también María Zambrano, orientan el futuro y lo adelantan, volvamos la vista atrás para mirar hacia delante, hagamos memoria de Europa, hagamos de Europa memoria. Como hizo Jean, Monnet, cuya esperanza y la de otros que la alumbraron nos ha legado la Europa que somos, por cuyo futuro nos preguntamos para ir más allá. Releamos o leamos las Memorias de Jean Monnet, destilemos su esencia. Como hice ante las preguntas despertadas por el referéndum del Brexit, lo que me llevó a escribir el ensayo Jean Monnet: unir a las personas, construir Europa, que La maleta de Port Bou me hizo el honor de publicar en su número 23, de Mayo-Junio de 2017, cuyo texto os reproduzco a continuación como carta en la botella en el mar de esta web para celebrar, conmemorar, iluminar este Día de Europa, con el deseo de que sea memoria alumbradora de esperanza.

¡Feliz Día de Europa!

Manuel Montobbio

Día de Europa
de dos mil veintinuno

Jean Monnet:

unir a las personas, construir Europa

Una aproximación a sus Memorias

La noche del veintitrés de Junio de este año no fue, como la de tantos otros, la de la magia del solsticio de verano y la celebración de la vida; sino la del seguimiento del recuento del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Por los medios de comunicación, y en mi caso a través de la reflexión compartida con mis compañeros de la promoción Cristóbal Colón del Colegio de Europa en Brujas, donde pocas semanas antes muchos nos habíamos reunido para celebrar nuestro treinta aniversario. Un aniversario que nos había llevado, en la perspectiva de tres décadas del inicio de unas trayectorias profesionales que habían querido hacer de la construcción de Europa argumento de nuestra esperanza, a iniciar una conversación sobre ésta en esta hora difícil, después seguida a través de un grupo de WhatsApp instrumento de reflexión coral esa noche. ¿Qué y por qué había pasado, qué consecuencias e implicaciones podía tener para la construcción europea, cómo seguir a partir de ahora adelante con ella?. ¿Con qué luces largas vislumbrar el horizonte y alumbrar el futuro en esta crisis sistémica en la que llevamos casi una década inmersos y de la que el resultado de esa noche era al tiempo expresión y eventual catalizador?. Ante esas preguntas, esa incertidumbre, esa sensación de crisis, la inquietud del despertar ojeroso de la mañana siguiente, sentí que había llegado la hora de volver la vista atrás, a los orígenes de la construcción europea, al por qué, para qué y cómo se inició el camino, la navegación en la que ahora nos encontramos en aguas inciertas. La hora de la reflexión. De leer por fin las memorias de Jean Monnet, de las que tantos fragmentos o extractos había leído o escuchado citar en esas tres décadas, sin haber nunca encontrado el momento de abordar la lectura completa de sus seiscientas y pico páginas, asignatura pendiente que me propuse probar y aprobar este verano. Viaje a través de sus páginas en busca de sentido y orientación al momento presente y frente a los retos del futuro, que quisiera compartir en estas líneas con el doble propósito de ofrecer una aproximación a la figura de Jean Monnet y a sus Mémoires y de acometer la reflexión sobre la construcción europea que sugiere, búsqueda de aquello que permanece, de las ideas o intuiciones que pueden ser guía de una época, una fase de la Historia, la de la construcción europea, en la que estamos inmersos, que con la vocación de serlo, de ser Historia superadora de la Historia, nace y en ella se realiza.

De toda obra, de todo libro, lo fundamental es el recorrido en sí a través de sus páginas: la ambición de quien lo escribe es impulsar al lector a recorrerlo, a que en todo momento le valga la pena seguir adelante, atraer su atención; y hacer que la vida y el mundo sean distintos tras haber recorrido esa vida y ese mundo. Nos decía María Zambrano que vivimos entre el presente del pasado, o la memoria, y el presente del futuro, o la esperanza. Son las de Jean Monnet memorias escritas para la esperanza, las de alguien que vivió el presente para realizar el futuro, y por ello en clave de esperanza. Nos decía también que, si bien tanto las creencias como las ideas han movido la Historia y han intentado en ella realizarse, mientras las primeras nos ligan al pasado, las segundas nacen proyectadas al futuro y lo adelantan. Tal fue sin duda el caso de las de Jean Monnet.

Mas si es el recorrido lo fundamental, y a que lo haga el lector responde el escribir, no es menos cierto que todo autor es especialmente consciente que marcan el principio y el final la percepción total de la obra, el recuerdo y la permanencia de ésta junto a la impresión y vivencia del recorrido. Sabe que con el tiempo quedará en la memoria del lector el eco de una vivencia, unas ideas y unas impresiones, pero que difícilmente olvidará un inicio que le capte la atención y le impulse a seguir, ni un final que concluya y condense el camino e invite al lector a seguir por su cuenta caminando. ¿Quién que haya leído Cien años de soledad – por muchos años que haga, como en mi caso – no recuerda el momento mágico en que al protagonista le llevara su padre a conocer el hielo con que comienza, ni la reflexión de Aureliano Buendía ante el pelotón de fusilamiento de que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrán una segunda oportunidad sobre la Tierra, con que finaliza?.

Y si ello es así, más lo es, si cabe, en la memoria de unas memorias. No empiezan las de Jean Monnet por el principio, sino por el medio, por la mañana del diez de Mayo de 1940 en que se inicia la invasión de Francia por las tropas de Hitler, y tiene ocasión de vivir, como Presidente del Comité de Coordinación Franco-Británico, la oferta del Gobierno de Churchill al de Francia todavía ejerciente en Burdeos de unión total entre Francia y Gran Bretaña, con un solo Gobierno, un solo Parlamento y un solo Ejército, que de haber sido aceptado a tiempo hubiera podido cambiar el curso de los acontecimientos. Solución extrema ante una situación extrema con la que inicia la primera parte, significativamente titulada “El fracaso de la fuerza”, dedicada al recurso a ésta y su fracaso en la primera y la segunda guerra mundial. ¿Por qué sólo en una situación de amenaza extrema llega a proponerse esa opción, por qué fracasa el intento, por qué la unión al final conseguida para ganar la guerra no puede prolongarse en la paz, cómo conseguir una unión política que garantice la paz, qué lecciones podemos extraer de la experiencia para que no se repita la Historia y termine mal, como siempre…?. Pregunta, preguntas, momento decisivo que marca una vida, se configura como hilo conductor de su relato.

Reflexiona Monnet al final de sus memorias sobre sus memorias mismas, sobre el sentido de haberlas escrito. Y nos dice que, si se ha decidido a contarnos los acontecimientos en los que ha participado, no es por complacencia hacia el pasado ni por pasar a las bibliotecas de la Historia; sino para ilustrar a quienes le lean mañana sobre la necesidad profunda de la unificación europea, cuyos progresos se consiguen sin descanso a través de las dificultades. Que, “cuando uno ha acumulado cierta experiencia de la acción, es todavía actuar esforzarse en transmitirla a los demás, y llega un momento en que lo mejor que uno puede hacer es enseñar a hacer aquello que creemos que está bien”. Y nos manifiesta su deseo de transmitirlo a los jóvenes que quieran hacer su vida útil a los demás. Transmitir un mensaje esencial: “que sólo hay un método para construir Europa en el tiempo de la Comunidad Europea, el de la delegación de soberanía a instituciones comunes, única manera de asegurar la independencia y progreso de nuestros pueblos, y la paz en esta parte del mundo”.

Constituyen en definitiva éstas el reflejo de lo escrito con la vida para seguir escribiendo más allá de ella. Quien se adentre en sus páginas, hará el recorrido por su trayectoria vital, y al tiempo obtendrá una visión privilegiada de la época que le tocó vivir y de la Europa y el mundo del siglo XX. Verá en funcionamiento la intuición, el sentido de la ocasión que la caracteriza y determina la vida posible, mas no probable, del Jean Monnet que naciera en Cognac a priori destinado a llevar las riendas del Cognac Monnet que había fundado su padre. Reflexiona Jean Monnet, al referirse a algunas encrucijadas históricas que había vivido desde dentro, cómo algunas han estado determinadas por la visión, decisión y acción de unas pocas personas, y con ello el curso de la Historia. Su trayectoria vital le llevará a ser una de ellas. La persona adecuada en el momento adecuado, y sobre todo con la intuición, la idea y la propuesta adecuada, capaz de saber ver más tarde y más lejos, el bosque más allá de los árboles, lo necesario más allá de lo posible. Tal vez porque - como nos dice al referirse a la decisión de poner en marcha toda la industria y economía de guerra por parte de Roosevelt en Estados Unidos, que resultará determinante de la victoria aliada y en la que tanto influyó durante su estancia en Washington como enviado de Churchill – considera que la filosofía de lo necesario es más realista que la de lo posible. Tal vez porque - como nos dice al reflexionar sobre su experiencia en Argel para promover la unión de los franceses en la guerra – cada vez que pudo unir a las personas, lo hizo, “en un movimiento que me es natural, sin cálculo político, sin ambición personal”, aprendiendo de ello que la unidad sólo puede resultar de un proceso simple y una aproximación objetiva. Ese convencimiento de que lo que es necesario tiene que ser posible, esa tendencia natural a unir a los hombres subyace a su acción, se configura en clave explicativa de ésta y tal vez de su trayectoria, nos lleva al contemplarla a pensar más en la ocasión que busca al hombre adecuado que en el hombre que busca la ocasión adecuada. En la serendipia. Está ya presente en el joven Monnet residente en Londres al inicio de la Primera Guerra Mundial, en su iniciativa de proponer la organización conjunta de los suministros y el transporte marítimo de los aliados, que llevará a ésta y a la creación de los comités ejecutivos interaliados, en su preocupación ya permanente de cómo trasladar a la paz esa unión de las personas posible en la guerra como Secretario General Adjunto de la Sociedad de Naciones.

Cuenta Monnet que su amigo estadounidense Dwight Morrow tenía la costumbre de decir que hay dos categorías de hombres, los que quieren ser alguien y los que quieren hacer algo, y que ha observado muchas veces lo acertado de tal afirmación. Le situaba su amigo en la segunda, aunque nos dice Monnet que en realidad tampoco se proponía hacer algo, sino que lo que ha hecho ha sido fruto de las circunstancias, tal como se han presentado, y que es la disponibilidad de espíritu lo más importante en la acción, ya que la vida es generosa en ocasiones para actuar, pero conviene estar preparado por la reflexión para reconocerlas y utilizarlas cuando surgen. Que no hay sino los acontecimientos, y lo que cuenta es servirse de ellos en función de un objetivo. El suyo era la acción común. Constituyen sus memorias no sólo una relación de los hechos vividos, sino al tiempo una reflexión sobre la naturaleza del ser humano, sobre por qué y para qué decidimos y hacemos las cosas a partir de la propia experiencia, de la consideración de su propia naturaleza. De ahí su interés, su universalidad más allá del que pueda despertar el conocimiento de la Historia en primera persona. Consideración de su propia naturaleza, por ejemplo, cuando se plantea dedicarse a la vida política al finalizar la Segunda Guerra Mundial como Miembro del Comité de Liberación Nacional, y concluye que, aunque quiera influir en la vida colectiva, realizar ideas en la Historia – en definitiva hacer política – no quiere ser político. Que su naturaleza está en dedicarse al mismo tiempo a una sola cosa, en pensar la idea que adopte el político y promover que se haga realidad, aunque no figure en primer plano y recaiga en éste el protagonismo y el reconocimiento, ser “la especie de personas que crean la acción y ponen en movimiento las cosas” y para ello buscan los lugares y momentos en los que poder intervenir en el curso de los acontecimientos. No son éstos – nos dice – los más visibles ni los más esperados, y quien quiera aprehenderlos debe renunciar a ocupar el frente del escenario.

En busca de esos lugares y esos momentos no dudará Jean Monnet en abandonar o renunciar cargos y posiciones en los que muchos otros hubieran seguido en la lógica del ser alguien de una carrera política. Abandonar la Secretaría General Adjunta de la Sociedad de Naciones, de la que hubiera podido acabar siendo el Secretario General, para asistir a su familia en la reestructuración de su firma de Cognac, y a partir de ahí desarrollar una carrera como banquero y hombre de negocios internacional en Polonia, en San Francisco y en Shangai, siempre vinculado a momentos cruciales de la vida internacional, con un sentido de lo público y de contribución al interés general. La Segunda Guerra Mundial le llevará de nuevo a lo público, a la Presidencia del Comité de Coordinación Franco-Británico en Londres, a la misión ya referida en Washington – fundamentalmente dirigida, como plantea desde el principio, a obtener la superioridad aliada en el aire, clave para el resultado total como en la anterior guerra lo fue la del mar -, a la promoción de la unión de los franceses para la liberación desde Argel, periplo en el que le seguiremos a través de los capítulos de la primera parte, que, como decíamos, significativamente titula “El fracaso de la fuerza”. Da paso éste a “El tiempo de la unión”, como titula la segunda, en la que le acompañaremos en el regreso a París tras la liberación, la constitución del nuevo Gobierno y la imaginación de la paz, su concepción del Plan de Desarrollo del que será Comisario, y que contribuirá decisivamente a la recuperación y modernización de Francia y al aprovechamiento del Plan Marshall, y que una vez en ejecución dejará para promover la construcción de Europa a partir del convencimiento de que para ello no bastaba, a la luz de la experiencia previa, con la mera coordinación y cooperación intergubernamental de una organización internacional, sino que se requería, en un ámbito más limitado, de una cesión de soberanía a una autoridad común, y que ese ámbito no podía ser otro, para empezar y hacer irreversible la paz, que el de la producción y comercialización del carbón y del acero que habían sustentado la capacidad bélica de las potencias y con ello la guerra, especialmente entre Francia y Alemania.

Asistiremos a partir de ahí a la concepción y alumbramiento del Plan Schuman y la declaración de éste el 9 de mayo de 1950, que conmemoramos hoy como el Día de Europa; a la Conferencia de éste de la que surgirá el Tratado de París que en 1951 crea la Comunidad Económica del Carbón y del Acero; la puesta en marcha de ésta como primer Presidente de la Alta Autoridad, tras el Tratado de Roma conformada como Comisión Europea, con el espíritu pionero y fundacional de la creación de un nuevo tipo de administración supraestatal; las negociaciones conducentes a la creación de la Comunidad Europea de Defensa, que finalmente no llegarán a puerto, determinando entonces el avance en el proceso de construcción europea la preocupación por la energía atómica de Francia y por el mercado común de Alemania, que llevará a las negociaciones para la creación de la Comunidad Económica Europea y de Euratom, que nacerán con el Tratado de Roma cuyo sesenta aniversario celebramos en Marzo de 2017. Seguiremos a partir de ahí nuestro recorrido por su puesta en funcionamiento y desarrollo, y por los principales avatares del proceso de construcción europea hasta la escritura de las memorias en 1976, así como algunas de las grandes cuestiones que afrontaba - y sigue afrontando: de ahí, más allá del conocimiento del pasado y sus lecciones, el interés de presente y de futuro de su lectura -. Como la relación entre la Comunidad y el Reino Unido, el debate que lleva a éste a distanciarse primero de participar en ella, a solicitar la candidatura y sufrir el veto francés después, y finalmente negociar la adhesión e integrarse en ella en 1973. O la relación entre Europa y los Estados Unidos. O la necesidad de articular institucionalmente la toma de decisiones políticas sobre problemas políticos, yendo más allá de la lógica de la unanimidad y el veto nacional, propia de las organizaciones intergubernamentales, hacia la del interés general y común de la Unión por encima de los intereses nacionales de cada Estado, que cree puede canalizarse a través de la creación del Consejo Europeo que impulsa decididamente desde el Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa, cuya disolución promoverá tras ella al considerar alcanzados los objetivos para los que se había creado.

Recorrido que comienza con la visión desde dentro del alumbramiento de Europa, su concepción, nacimiento y primeros pasos, con la intuición y grandeza de ir más allá, de adentrarse en lo desconocido, para lo que no había hojas de ruta, sino tan sólo la intuición y el horizonte, la voluntad de hacer las cosas de manera distinta para hacer por fin una Historia distinta. Y recorrido desde fuera, desde al lado o detrás de quienes aparecen formalmente haciendo la Historia. Pues ese sentido de su propia naturaleza y vocación al que nos hemos referido, ese anhelo de hacer algo por encima de ser alguien, de buscar la ocasión donde poder ser más útil para hacerlo, lleva a Monnet a renunciar a un segundo mandato como Presidente de la Alta Autoridad de la CECA, a la gestión de lo creado, para dedicarse, en plena libertad y conciencia, a la creación de la Europa que seguía por crear. La creación de lo desconocido pero necesario a través de la creación de una organización, un actor nuevo para lo nuevo: el Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa, que aglutinará, por encima de tendencias políticas e ideológicas, a líderes políticos y sindicales de todos los Estados de la Unión, promoviendo la reflexión y la acción para el aliento de esa unión cada vez más estrecha de los pueblos de Europa que en su espíritu alientan los Tratados. Decía Trotsky que, sin el partido bolchevique, el descontento popular sería como el vapor no encerrado en un cilindro. Acuñan a partir de ahí los teóricos de la revolución el concepto de cilindro de Trotsky para designar a las organizaciones capaces de transformar el descontento o la demanda popular en acción revolucionaria. Constituye el Comité el particular cilindro de Trotsky que crea Monnet para construir Europa, conformar una lógica, propuesta y acción del interés general y común que la guía por encima de la de los intereses y perspectivas nacionales de cada Estado miembro. Catalizador, concienciador, think tank, lobby… criatura única y nueva para la construcción de una Europa nueva, por cuya ausencia hoy no podemos dejar de preguntarnos. Recorrido, en fin, por el tiempo y en el tiempo. El tiempo de la decisión y la acción, en que todo parece posible y se transforma la Historia; y el tiempo de la paciencia en que se instala tras el veto de De Gaulle a la candidatura británica, que llevará a mantener viva la llama a la espera de circunstancias y dramatis personae que hagan de nuevo posible el tiempo de la decisión y la acción. Sentido del tiempo, y sentido de las constelaciones políticas.

Más allá del recorrido, más allá del qué y su indudable interés, el para qué, el por qué y el cómo. Conocemos de Jean Monnet su acción hacia fuera, larga e intensa. Sus memorias nos revelan su reflexión hacia dentro. Como por ejemplo durante esa larga excursión por los Alpes, de cima en cima, en la que en la distancia y paz de la cumbre contempla Europa y el mundo y alumbra y madura las ideas que semanas después quedarán para siempre en el texto de la Declaración Schuman. O cuando, tras el veto de De Gaulle a la candidatura británica, al iniciar el tiempo de la paciencia escribe para sí el 18 de Agosto de 1966 esas notas sobre la civilización, la libertad, la paz y el privilegio de haber nacido humano, sobre la Historia y sus transformaciones y sentido, que no deberíamos dejar de leer cuando sintamos necesitar paciencia con nuestro tiempo. Tiempo cuyo sentido último es el de la libertad y el hombre, para lo que, nos dice, afrontamos el reto de la organización común de nuestra civilización que le permita hacer un nuevo avance hacia la paz. Tiempo en que el tren en que viajamos se encuentra ante agujas que pueden desviar o determinar definitivamente el rumbo y destino.

Tiempo, en definitiva, de cambio de paradigmas, para el que nos proponía y propone nuevos conceptos. Como el del interés general y común más allá del interés nacional, para cuya realización debemos abandonar la idea del juego de ajedrez con posiciones fijas, para concebir “una partida de nuevo tipo, en que lo esencial es ganar todos juntos”. Para lo que no podemos olvidar que “el comienzo de Europa fue un empeño político, pero fue aún más un empeño moral”; ni que incluso el obstáculo puede transformarse en medio para ir adelante. Tiempo que inspira la Conferencia del Plan Schuman que alumbrará el Tratado de París, cuya presidencia inició diciendo a los presentes que estaban allí para acometer una obra común, y no para negociar ventajas, sino para buscar nuestra ventaja en la ventaja común. Y para ello había que cambiar el método de negociación, como quedaba reflejado en su propia denominación como Conferencia. Tiempo de esa cosa nueva y fuerte que nos dice se apoderaba del primer equipo de la Alta Autoridad de la CECA, “el espíritu europeo fruto del trabajo en común y sobre todo de la necesidad para todos de llegar a una misma conclusión tras una larga discusión y consulta”. Un espíritu que se refleja en las palabras que en la primera sesión del Consejo de ésta Adenauer dirige a sus colegas como Presidente del mismo: “El Consejo se sitúa en el punto de encrucijada entre dos soberanías, una supranacional, otra nacional… Mas aunque deba salvaguardar los intereses nacionales de los estados miembros, deberá guardarse de considerar esta tarea como primordial. Ésta consistirá más bien en promover los intereses de la Comunidad, sin lo que ésta no podrá desarrollarse. Por ello dejará en buena medida al organismo supranacional de la Comunidad – la Alta Autoridad – la libertad de desarrollarse y en ciertas circunstancias deberá crear esa libertad… Se trata de que el Consejo conforme una posición común, no de buscar un compromiso entre los intereses nacionales. En los casos previstos por el tratado, os encontraréis asociados al ejercicio de la nueva soberanía que caracterizará a la Comunidad”.

Tiempo de recordar, como tantas veces citándole se ha dicho, que nada es posible sin las personas, ni nada permanece sin las instituciones. Que las personas pasan, y lo que podemos hacer para dejar a los que vienen tras nosotros, son las instituciones, cuya vida es infinitamente más larga que la de éstos, y pueden, si están bien construidas, acumular y transmitir la sabiduría a las generaciones sucesivas. Pues sólo las instituciones pueden devenir más sabias, permitir a las generaciones venideras construir a partir de lo aprendido por las precedentes.

De recordar, como nos decía también, que no hay ideas prematuras, sino momentos oportunos que hay que saber esperar. O buscar. Toda idea, una vez alumbrada y madurada, busca el momento de hacerse realidad, nos busca de algún modo para ello. Y especialmente la de Europa.

De retener, sobre todo, esa actitud, esa manera de hacer que en definitiva le caracteriza: buscar una idea sencilla sobre las cuestiones complejas, que vaya a su esencia y la supere.

Se cumplen cuatro décadas desde que Jean Monnet escribiera y publicara sus Memorias en 1976. ¿Qué le diríamos, qué le explicaríamos sobre el devenir de la construcción europea desde entonces?. ¿Qué nos diría hoy?. ¿Qué nos dice desde el siempre que de ellas se desprende?. No nos puede su lectura dar las respuestas, mas tal vez sí las preguntas, al menos buena parte de ellas: se desprenden, al menos para mí, de lo dicho en estas líneas. Nos invitan a cada uno y cada una a leerlas. Todos podemos ser Jean Monnet si lo leemos.

Pueden, en el fondo, las cuestiones complejas que afrontamos, que afronta la construcción europea, resolverse con ideas sencillas, sea la creación de la Unión Económica y Monetaria, de la Europa de la Defensa o de la política migratoria común…Necesitamos para ello ser Europa más allá de estar en Europa, un cambio de paradigma, un salto de civilización como nos reclamaba. El mismo Monnet nos decía que las cuestiones más complejas siempre se posponen. ¿Cómo hacer de los obstáculos, de los árboles caídos que ahora nos impiden avanzar, madera de la nave que nos permita ir más lejos?. ¿Dónde está hoy el Comité de Acción por los Estados Unidos de Europa?. A menudo pareciera en este tiempo difícil que nos ha tocado vivir que asistiéramos a la vuelta de elementos que caracterizaron las crisis de los años treinta, o los previos al estallido de la Primera Guerra Mundial, y el recurso comparativo a sus recuerdos llena las páginas de los periódicos. Necesitamos también volver la mirada hacia otros momentos fundacionales en búsqueda de inspiración, de las ideas y corrientes profundas que alientan la construcción europea, de lo que está en juego.

Cuenta Monnet hacia el final de sus Memorias que en su despacho de Presidente de la Alta Autoridad de la CECA tenía enmarcada una fotografía de la Kon Tiki, la balsa con la que Thor Heyerdal realizara su gesta de atravesar el Pacífico desde el Perú a la Polinesia dejándose llevar por las corrientes marítimas, alumbrando así una nueva idea sobre la Historia del mundo. Esperaba posiblemente la pregunta del visitante para decirle, para decirnos, que estamos en la Kon Tiki, en un viaje europeo sin retorno hacia lo desconocido, guiados por una idea, como lo estuviera Heyerdal, como lo estuvo Colón. Un viaje con cuya realización será mundo el mundo, y lo miraremos con una mirada nueva. Nos pregunta desde sus Memorias mirando al futuro qué es lo necesario y cómo hacerlo posible. Necesitamos pensar en Europa, y pensar en europeo. Jean Monnet nos invita a ello.

Manuel Montobbio

Tiempo de esperanza
inspirado por las Memorias
de Jean Monnet