ALMA, BELLEZA Y VIDA

  • ALMA, BELLEZA Y VIDA

A veces no navegan las cartas en la botella en el mar de la web, sino entre las páginas de la letra impresa desde las que ven la luz, y desde ella, en ella atraviesan los ojos del lector. Tal es el caso de este ensayo Alma, belleza y vida, escrito a partir de la reflexión y el diálogo con la obra de François Cheng, y especialmente sus ensayos sobre el alma, sobre la belleza y sobre la vida (o, como él dice, sobre la muerte, o dicho de otra manera sobre la vida), que la Revista de Occidente me ha hecho el honor de publicar en su número 468 de este mes de Mayo, y que con el conocimiento de ésta os comparto y envío como una de las cartas en la botella lanzadas en el mar de esta web con el deseo de que a vuestra orilla lleguen, y os inspiren para reflexionar, ver y sentir, con la razón y con el alma, el alma, la belleza y la vida, como a mí me ha inspirado François Cheng, y darles sentido en todos los sentidos en que él se los da.

Alma, belleza y vida

Una aproximación desde la obra de François Cheng

Nos dice Simone Weil en L’enracinement – como tanto le gusta recordarnos a François Cheng – que somos un alma enraizada, verticalmente en la cadena de los padres y antepasados que nos preceden y de los hijos y nietos que nos siguen, horizontalmente con nuestro tiempo y nuestra época, nuestro espacio, nuestros imaginario(s) colectivo(s) y las identidades colectivas, culturas y civilizaciones de las que formamos parte, los retos de la humanidad compartida. Más allá de la respuesta al desenraizamiento, de la búsqueda de enraizamiento que inspira su obra, François Cheng está vitalmente enraizado en una doble tradición cultural y civilizacional: la de la China en la que crece y se forma hasta que, a sus veinte años, en 1949 se establece en Francia, asumiendo la cultura de Occidente y la lengua en que, tras su primera poesía en chino, desarrolla su obra literaria y caligráfica, como escritor de ensayo, poesía y narrativa y como traductor de caligrafías, de lenguas y de mundos que en él conviven, que nos explica y se explica. Pues en su experiencia y perspectiva vital sobrepasa el conocimiento del otro en el ser del otro, y al ser ambos los trasciende en el uno, en el doble sentido, que tan bien nos explica, de la unicidad y la unidad de nuestra vida y la vida; de que cada vida es única, y al tiempo parte de la misma Vida. Y nos lo comparte en su obra de una manera única.

Y para serlo, para ser, movido por ese anhelo, ese impulso vital con el que define a la esencia del ser, se pregunta y nos pregunta. Nos comparte en su obra ensayística, a la luz de lo reflexionado y lo vivido, de lo averiguado y sabido en el caminar de la vida, su reflexión sobre la belleza, sobre la muerte (o dicho de otra manera, sobre la vida) y sobre el alma en Cinq méditations sur la beauté, Cinq méditations sur la mort (autrement dit sur la vie) y De l’âme. Sept lettres à une amie[1].Tiene cada uno de estos tres libros sentido por sí y en sí mismo; mas lo tienen también y sobre todo en su conjunto. Pues de alguna manera cada uno lleva necesariamente al otro, y en el transcender de su respuesta y su itinerario a la pregunta y misterio último del ser y de la vida.

Un misterio, una pregunta, unas preguntas, que François Cheng también nos intenta responder, compartir, vivir, captar en su resonancia – pues, como nos dice, si el espíritu razona, el alma resuena – a través de su poesía y de sus novelas, como bien podrán experimentar quienes realicen el viaje a través, por ejemplo, de À l’orient de tout y La vrai gloire est ici o de L’éternité n’est pas de top. Pues hay razones que la razón no alcanza, que no podemos expresar con la razón, con el ensayo; sino a través de la poesía, o de la vida que se expresa en relato, o de otras expresiones del arte.

Ensayo de respuesta en el qué, y en el cómo. Cómo de las meditaciones con un grupo de amigos con quienes comparte cinco, primero, sobre la belleza, y, años después, sobre la vida; y de siete cartas a una amiga en respuesta a las que ésta le dirige pidiéndole que le hable del alma. Cómo testimonial y testamental, compartidor de lo escanciado en la reflexión y la vivencia sobre estas cuestiones fundamentales, con una voz que parece dirigirse de tú a tú – o de tú a nosotros, entre nosotros – al lector, como haciendo aflorar lo que ya estaba dentro de cada uno. Pues en definitiva y sobre todo se dirige a sí mismo, y, al hacerlo, lo hace a la persona que somos todos y cada uno. Con vocación de eternidad del instante, de permanencia en el siempre, de conexión con el alma universal para con ella, en ella, enraizarse y enraizarnos.

Tal vez porque los occidentales vivimos en la lógica dicotómica y la dinámica hegeliana tesis-antítesis síntesis, y los orientales en la compatibilidad y convivencia de co-tesis simultáneas cuya interacción da lugar a una transformación mutua por superación o por transcendencia, contraponemos unos la visión de la vida como el río que en las coplas de Jorge Manrique va a dar a la mar, que es el morir; con la de la vida que va a dar a la mar para evaporarse en nube que quiere ser nieve para fundirse en agua que quiere ser río que quiere ser mar… Está el yin en el yang, y en el no ser el ser.

Pues tenemos la certeza de la muerte, y al tiempo el desconocimiento de ella. Y no es ésta necesariamente el fin, sino el principio desde el que dar sentido a la vida, que no es tan sólo el fluir, el paso del tiempo; sino hacer continuamente el acto, la voluntad de ser a partir del no ser. Un acto, una voluntad, una aspiración, un aliento vital que nos lleva al deseo de realización, de superación, de trascendencia. Que nos lleva a la pasión. Pasión de aventura, de heroísmo, de amor. Que nos lleva a vivir la vida, a que nos sepa a vida la vida.

Que nos lleva a la eternidad del instante. Pues tenemos la certeza de la muerte, y tenemos la certeza del instante. De que podemos ser sus dueños, y vivir/captar en él la eternidad, conectar con el siempre, captar el alma, reconocer su resonancia y sentir/vivir su vibración. Está la eternidad hecha de ellos. Como nos dice Cheng,

"Tratándose de una eternidad de vida, ésta es todo salvo una interminable repetición de lo mismo. Debe ser una interminable sucesión de momentos destacados animados por continuos anhelos hacia la vida. En una palabra, está hecha también de momentos únicos. En ese caso, los instantes únicos tal como podemos conocerlos en esta vida, río de diamantes o collar de estrellas anudadas por la memoria, conforman una duración que tiene ya sabor de eternidad…"

Está la belleza en ese encuentro; y al tiempo antes, en su búsqueda, en su anhelo. Está ya ahí, desde siempre. Y recurrimos al arte, a la creación, para partir en su búsqueda, para conectarnos a ella, al Ser del que todos somos parte. Y, al hacerlo, transcendernos, transformarnos, fundirnos, ser en el otro y ser otro, y ser más del todo y renovadamente nosotros. Tal es el sentido último del ser y de la creación, de nuestro ser y nuestra creación.

"Cada experiencia de belleza, tan breve en el tiempo, transcendiendo el tiempo, nos restituye cada vez la frescura de la mañana del mundo."

Una belleza pensada y reflexionada en las respectivas tradiciones civilizacionales, que ha sido buscada en la tradición artística occidental en la mímesis – que le ha llevado a desarrollar esa extraordinaria capacidad de reproducción de la creación - y en la catarsis transformadora. Y en la tradición china, por la conceptualización por los pintores literatos del siglo XI de la poesía como la puesta en relación entre el hombre y el universo viviente, considerado éste como una contraparte en el proceso creativo. Un proceso concebido primero como bi-xing - comparación-incitación – y posteriormente como qing-jing – sentimiento-paisaje –, que lleva a la identificación con la figura del hombre inmerso en el paisaje pintado para introyectar, iluminar el paisaje pintado, que se pinta en nuestro interior. Un proceso que se desarrolla en tres estadios ascendentes:

  • yin-yun, o interacción unificadora, y por ello transformadora, como se transforman el yin y el yang en su encuentro en el vacío intermedio;
  • qi-yun, o soplo o aliento rítmico. De un ritmo, una melodía, una armonía, “que no se desarrolla en el tiempo y el espacio, mas crea su espacio-tiempo”; pues estamos en el ritmo, y estando en él nos descubrimos en nosotros;
  • shen-yun, o resonancia divina, que sugiere una connivencia de alma a alma entre lo humano y lo divino, entre nuestro ser y el Ser,

Connivencia, mo-qi o entendimiento tácito nunca del todo completado, pues “el infinito buscado es un in-finito”. Intenta así pintar el pintor con el pincel y el escritor escribir con la pluma; mas al tiempo y sobre todo hacerlo con la vida. Pues “sabe que la belleza, más que algo dado, es el don supremo para quien se le ha ofrecido. Y que para el hombre, más que una conquista, será siempre un desafío, una apuesta”. Cada vez que creamos una obra de arte, robamos el fuego a los dioses.

Iluminamos así de alguna manera el alma, y por esa luz somos también iluminados: somos la luz que nos hace ver, y al tiempo el ojo y la vista. Captamos como el zahorí la corriente profunda del río de la Vida que nos abre a la Vía del Tao. Intuimos, siquiera sea por un instante, que, como nos dice el I Ching, “la Vida engendra la Vida / nunca habrá fin”. Vivimos la eternidad del instante.

Y si lo hacemos, es porque, como nos recuerda Cheng en De l’âme siguiendo el triángulo cuerpo-espíritu-alma de Pascal, no sólo somos cuerpo y espíritu, sino también alma, indisolublemente entrelazados. Y si el espíritu, la razón, es el que nos permite “pensar, razonar, concebir, organizar, realizar, acumular conscientemente experiencias para saber, sobre todo, para comunicar”; el alma es la que nos permite “desear, sentir, emocionarnos, resonar, conservar memoria de todo, incluso lo huido o inconsciente, lo vivido y, sobre todo, de comunicarnos por el afecto y el amor”. El espíritu razona; el alma resuena. El espíritu se mueve; el alma se conmueve. El espíritu es comunicación; el alma comunión. El espíritu control, el alma fundamento. El espíritu yang; el alma yin. Y mientras el espíritu de cada ser, por personal que sea, tiene un carácter más general, implica, fundamentado en el lenguaje, un aprendizaje, una formación, un cultivo en una cultura; el alma tiene algo de original, de innato, que comporta una dimensión inconsciente, insondable, que la vincula al misterio mismo que en el origen presidió al advenimiento del universo viviente, del que es expresión. Y encarna la unicidad de cada persona, y al tiempo su unidad, y marca por ello su dignidad y valor como ser. Es, en palabras de Jacques de Bourbon Busset, el “bajo continuo que resuena en cada uno de nosotros”. Alma, intuición, conciencia de ella, a la que han llegado las grandes cosmovisiones, desde la taoísta a la budista, la hindú, la platónica o las de las religiones del Libro. Conciencia que no debe llevarnos a desconsiderar el rol, la posición central del espíritu, que permite al alma tomar conciencia y desarrollarse. Y sin embargo, frente a esa centralidad, atribuye Cheng al alma una posición al tiempo inicial y última.

Se nos plantean a la luz de su lectura las preguntas del sentido último - en el triple sentido de dirección, sentimiento y significado que la palabra “sens” tiene en francés - de la vida y de su viaje, y del mundo y del nosotros.

De la vida y del viaje de la vida: de búsqueda del alma con la linterna de la poesía. Vida para el alma, para su crecimiento, su maduración, su desarrollo, su conciencia, su realización; para ser. Nos dice Seferis en uno de sus versos que un alma sólo puede ser del todo en otra alma, pues sólo puede verse del todo en su espejo. De ahí la pasión de crear, de amar. De ahí la pregunta de qué vida queremos vivir para qué alma; hacia qué alma, para qué alma queremos vivir nuestra vida. De ahí el sentido poético de la vida. De ahí, en definitiva, que la muerte sea al tiempo fin y principio, no ser que engendra o desde el que se engendra al ser, Vida que engendra la Vida que no tiene fin. Que nos plantea el reto de hacer de cada instante eternidad, del viaje de la vida collar de perlas con sabor a eternidad.

Del nosotros y del mundo, de compartir la vida en la vida, de dialogar con él y buscar la belleza, del arraigo y desarraigo del alma.

Pues nuestras vidas no son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir: nuestras vidas son el agua que se evapora para ser nube para ser lluvia, para ser nieve en la cumbre de la montaña con la esperanza, con el deseo de ser fundida en agua por el Sol; el agua que llueve en el río con la esperanza, con el deseo de fundirse en el mar. Está el mar en la montaña. Está la montaña en el mar. Busca el alma encarnada al alma universal. Busca el alma universal al alma encarnada. Mueve su anhelo el fluir de la vida y el girar de los astros…

Todo fin es principio. Al final está el alma. Al principio está el alma. A ella – a la conciencia, conocimiento y vivencia de ella – nos lleva la lectura de estos ensayos de François Cheng sobre la belleza, la vida y el alma. Tras recorrer sus páginas y leer su “Elegía de Lerici” – poema escrito en honor a Shelley donde fue incinerado su cuerpo ahogado – con que concluye sus cinco meditaciones sobre la vida, no dejaremos de querer leer también su poesía y sus relatos; mas sobre todo estaremos más vivos, seremos más nosotros, seremos más y mejor, sentiremos el ser y querremos ser. Tendrá mejor sentido la vida y sabremos mejor darle sentido. Habremos aprendido un poco más a captar y a vivir la eternidad de los instantes; y serenamente contemplaremos la belleza y la frescura del amanecer del mundo.

Manuel Montobbio

Estrasburgo,
Luna confinada
de Marzo
de dos mil veinte

François CHENG

Cinq méditations sur la beauté, Albin Michel, 2006, nouvelle édition 2017. Edición española: Cinco meditaciones sobre la belleza, Siruela, 2012.

Cinq méditations sur la mort – autrement dit sur la vie, Albin Michel, 2013, nouvelle édition 2017. Edición española : Cinco meditaciones sobre la muerte, Siruela, 2015

De l’âme. Sept lettres à une amie, Albin Michel, 2016. Edición española : Acerca del alma, El hilo de Ariadna, 2017.

[1] Me refiero a la edición original francesa de las obras, por ser la que utilizo, aunque el lector español interesado cuenta con la edición en español de Cinco meditaciones sobre la belleza y Cinco meditaciones sobre la muerte (es decir sobre la vida), realizada por Siruela, y con la de Acerca del alma, por El hilo de Ariadna.