La construcción de la paz es un proceso. Héctor Dada Hirezi sobre La perplejidad del quetzal

17/07/2019

Difícilmente podría disponerse de un conocimiento más amplio y profundo de la realidad salvadoreña y centroamericana, los procesos históricos de la región y los retos de la construcción de la paz en Centroamérica que los que proporcionan a Héctor Dada Hirezi su trayectoria académica, política e internacional. Una trayectoria que le ha llevado a ser, entre otras cosas, Miembro de la Junta Cívio Revolucionaria instaurada en El Salvador tras el "golpe de los capitanes" en Septiembre de 1979, Ministro de Economía y diputado, Director de FLACSO-El Salvador, y a trabajar para la CEPAL, las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales. Conocedor de la obra de Manuel Montobbio dedicada a la construcción de la paz en Centroamérica, participó en Mayo de 1999 en la presentación en El Salvador de La metamorfosis del Pulgarcito. Transición política y proceso de paz en El Salvador, y ha participado en la de La perplejidad del quetzal. La construcción de la paz en Guatemala en el Centro Cultural de España en San Salvador el 17 de Julio de 2019. A continuación ofrecemos el texto de su intervención en ésta.

La construcción de la paz es un proceso[1]

Héctor Dada Hirezi

En primer lugar, deseo expresar mis agradecimientos a la Embajada de España y a Manuel Montobbio por hacerme el honor de ser uno de los comentaristas de este libro que analiza el proceso de paz de Guatemala; hace dos décadas se me dio la oportunidad de hacerlo en la presentación de La metamorfosis del Pulgarcito, que trata de la negociación y aplicación de los acuerdos que dieron por terminada la guerra civil en El Salvador.

No hay duda de que La perplejidad del quetzal aporta – a partir de ensayos anteriores, como dice el autor – mucha información y reflexión sobre el período de diálogo que dio fin a la larga confrontación armada del vecino país. Montobbio pone énfasis en la caracterización de los actores y de sus capacidades políticas, que determinan el balance en la negociación de los acuerdos, y la posibilidad de convertirlos en políticas y realidades concretas. Además, recoge en el análisis comparativo sus reflexiones sobre aspectos de los procesos de El Salvador y Nicaragua, resaltando sus diferencias. Reconocemos sus valiosos aportes.

Me parece importante retomar algunas frases de Montobbio que a mi juicio parecen ser las guías de su razonamiento, tanto en el análisis del proceso guatemalteco como del salvadoreño. La que más ilumina su escrito es la que dice: “La construcción de la paz es un proceso; y la paz siempre y en cualquier lugar está en construcción”. No podemos considerar entonces que la paz se logró de una vez y para siempre al firmar un acuerdo que pone fin al conflicto armado, sino debemos tener presente que su realización y su mantenimiento deben ser vistos como fruto de un proceso en el que pueden haber avances y retrocesos, y que no llegará a buen puerto sin el esfuerzo continuado de quienes buscan la paz, que a su vez deben construir correlaciones que tengan la fuerza de contrarrestar a aquellos que no tienen interés en ella. Esto dado que, como insiste el autor, la paz negativa – el cese de la violencia – no termina el proceso; siempre sigue, puede y debe seguir el de la construcción de la paz positiva – una realidad social en la que exista convivencia y respeto a los derechos de las personas.

Parte esencial de los acuerdos de paz, nos dice el texto, es que “son un pacto entre quienes tienen el poder de las balas, en el que el autor revolucionario armado renuncia a su poder de violencia en beneficio del monopolio del Estado a cambio de su reforma y la posibilidad de participación en el sistema político por la vía electoral, en el juego político conforme a sus reglas”. Si uno renuncia a la búsqueda del poder a través del triunfo militar, la otra parte debe abrir los espacios institucionales para que los antes excluidos puedan tener participación política plena, que lógicamente incluye la posibilidad de su participación en las estructuras del Estado por la vía electoral democrática.

En los ensayos que forman este libro queda claro que para el autor no hay duda de que los acuerdos de paz han significado renuncias ideológicas para las partes involucradas, lo que tanto les cuesta aceptar a los mismos firmantes. En el caso de los insurgentes, nos dice, es mucho más claro: abandonar la idea de la toma del poder por las armas como requisito para realizar la reforma del Estado, y aceptar su incorporación a la democracia liberal y sus instituciones, no es poca renuncia a los principios; para las derechas gobernantes en la región representó la aceptación de la eliminación del control militar del Estado, de la exclusión política de los que piensan diferente, en una palabra de la violencia represiva física y legal como instrumento privilegiado de gobierno. En palabras de Edelberto Torres Rivas, citadas en la introducción: “Podríamos de alguna manera sintetizar las trayectorias del proceso guatemalteco como la que va de la contrarrevolución preventiva a la revolución esfumada”. Y agrega el gran sociólogo centroamericano: “La revolución se vuelve un programa de modernización y la crisis se entiende como ingobernabilidad”.

Aquí salta una notable diferencia entre el proceso guatemalteco y el salvadoreño. En el primero, la mantención del status quo se vuelve “modernización política”, sin cambios en la propiedad; la contrainsurgencia se hizo sin una política de cambios estructurales, y la paz no fue planteada con ingredientes de políticas de distribución de la riqueza. En tanto, en El Salvador la contrainsurgencia supuso una profunda reforma agraria y la estatización de bienes y actividades privadas estratégicas para romper la dominación del sector agroexportador tradicional (realizada en 1980), en un diseño e implementación en los que la participación del gobierno estadounidense fue decisiva; la paz, por el contrario, coincide con un intento de reoligarquización de la sociedad teniendo como eje la construcción de un nuevo sector financiero privado con amplia intervención de los Estados Unidos y de las instituciones financieras internacionales constitutivas del llamado Consenso de Washington)[2].

No puedo dejar de mencionar que la aplicación de la política neoliberal en El Salvador representó un problema para el tránsito de la paz negativa a la paz positiva, para utilizar los conceptos que maneja el autor. O, como dicen Álvaro de Soto y Graciana del Castillo (Obstacles to peacebuilding), El Salvador parecía un enfermo tratado simultáneamente por dos cirujanos aplicando tratamientos contradictorios. Es notorio que el proceso de paz, para el tránsito hacia la paz positiva, exigía un Estado capaz de liderar la reconstrucción del tejido social destruido por la insurgencia y la contrainsurgencia, y de asumir la tarea de la reconstrucción física del país, las políticas neoliberales consideraban al Estado – como solía decir Ronald Reagan – no como parte de la solución sino el problema, dando al mercado funciones que no está llamado – ni tampoco en capacidad – de cumplir. Las consecuencias que eso ha tenido en las realidades de violencia y desintegración social que padece El Salvador son a la vez notables y poco estudiadas.

Quisiera resaltar el rescate que hace Montobbio de los diversos esfuerzos de pacificación de la región que surgieron en los años 1980, los cuales en muchos análisis parecen relegados (confieso que lo he hecho muchas veces, y hago mea culpa): San José, Contadora, por supuesto, y también hay que incluir al grupo de Nassau. Pero en especial él nos llama la atención sobre lo que representó Esquipulas II, dándole la calificación de “un instante estelar”. Coincidiendo con él, solo agrego que ya la realización de la reunión de Esquipulas I tuvo una gran significación, dados el momento y las circunstancias en las que se llevó a cabo. Si esa reunión – realmente convocada en la ciudad de Esquipulas – abrió caminos para el diálogo intrarregional, Esquipulas II tuvo como resultado un conjunto de compromisos políticos que debían ser acompañados con un plan de cooperación económica en el marco de la integración regional. De alguna manera, dado mi trabajo en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la cercanía de las autoridades de su oficina en México con el Presidente de Guatemala Vinicio Cerezo, tuve la oportunidad de participar en algunas reuniones preparatorias, y posteriormente en la elaboración y promoción del Plan Especial de Cooperación para Centroamérica que correspondió a la misma CEPAL y el PNUD. Eso me permite considerar la importancia de este proceso con un juicio muy similar al de Manuel Montobbio. Y quizá una muestra de la seriedad con la que los países centroamericanos intentaron cumplir los compromisos adquiridos es la decisión del gobierno de Costa Rica de establecer la comisión de paz acordada en Esquipulas II, pese a ser el único de los cinco países de la Centroamérica histórica que no tenía participación directa, en los conflictos regionales ni conflicto interno.

El autor nos ha señalado que la negociación de la paz requirió de renuncias ideológicas, y eso lo remarca en el caso de los compromisos adquiridos en Esquipulas II. Esa reunión, nos dice, legitimó al régimen sandinista, reconociendo que la solución no pasaba por su derrocamiento, sino por la transformación política en el marco de los compromisos suscritos; también, pretendió deslegitimar la toma del poder por la vía de las armas frente a los esfuerzos insurgentes en Guatemala, El Salvador y Nicaragua.[3]. Para los sandinistas, sería la aceptación, en palabras de Torres Rivas, de que las condiciones del momento en el marco internacional hacían que, pese al triunfo de la revolución en 1979, el socialismo deseado no era posible.

Los acuerdos de paz en los tres países se realizaron con cronologías, características y formas bastante diversas, como nos relata con claridad el texto. Ellos cambiaron el escenario de disputa política en la región. No es adecuado hacer un balance simple de los logros y carencias de los compromisos alcanzados; debe ser hecho, como lo hace el autor, a partir de sus objetivos, de su viabilidad de conformidad a las propias características de las negociaciones (que dependían mucho de la capacidad de negociación de las partes), a los condicionamientos que impusieron las realidades nacionales y no en menor medida las internacionales. Tampoco pueden ser juzgados a partir de las desviaciones que puedan darse en ese proceso continuo de construcción de la paz que comienza con la suscripción de los acuerdos. No podemos olvidar, para dar el ejemplo más notable, los efectos causados por la imposición del neoliberalismo en países que necesitaban la fuerza de la presencia del Estado para reconstruir tejido social; la oportuna cita que hace Montobbio del texto de Graciana del Castillo y Álvaro de Soto – ya mencionado antes – nos muestra la contradicción entre los esfuerzos de los constructores de paz de Naciones Unidas y las acciones de las instituciones financieras internacionales (a las que agregaría algunos gobiernos con influencia en la región)[4].

En estos momentos, la institucionalidad democrática de la región, como las de varios países de otras partes del mundo, está retada por los sostenedores – consciente o inconscientemente – de las llamadas democracias iliberales. Gobiernos salidos de las urnas, que gozan de respaldo popular, que como en el pasado – en circunstancias diferentes y con mecanismos diferentes – rechazan y descalifican a quienes disienten, que ven al estado de derecho y sus requisitos como obstáculos a su capacidad de gobernar, que utilizan la habilidad mediática para mantener respaldo sin trasladar a la población programas y objetivos definidos, sino acciones puntuales sobre problemas sentidos.

Edelberto Torres Rivas dice que la paz en Guatemala es un “fenómeno hijo de su tiempo como pocos conozco”. Esa misma idea puede aplicarse al proceso de paz de El Salvador, en el que la lucha armada entre dos grupos que no creían y aún no creen en la democracia tuvo como “hijo no deseado” la posibilidad de construirla. Ahora nos toca a todos defender lo logrado, evitar que lo que parece una ola que inunda a muchos países destruya la institucionalidad que nos ha permitido los márgenes de convivencia, aún insuficientes pero reales, de los que gozamos.

Siguiendo a Manuel, la paz positiva se construye en un proceso, en el que es obvio que puede haber avances y retrocesos, así como riesgos. Ni la paz ni la democracia tienen desarrollo lineal, y se retroalimentan una con la otra. Me permito cerrar con frases que están al final del libro: “… si ellos se incorporan, pero no los incorporamos, (….) no los incorporaremos”. La incorporación, la paz y la democracia, se construyen “en la acción colectiva, (a la vez que) se construyen en uno mismo”. Leyéndolas en un sentido más amplio, diremos que ambas requieren integración, no sólo de los desarmados, sino de todos los que el Papa Francisco llama descartados.

[1] Estos comentarios al libro La Perplejidad del Quetzal, de Manuel Montobbio, fueron hechos el 17 de julio de 2019, en la presentación del libro, realizada en el Centro Cultural Español, en la ciudad de San Salvador. La intervención fue basada en un guión, sobre el que ha sido escrito este texto.

[2] El Salvador tuvo en marzo de 1980 una radical transformación de la propiedad: se estatizó la banca, se expropiaron las grandes haciendas dedicadas a la agroexportación (lo que incluía beneficios de café e ingenios azucareros), se puso bajo control estatal el comercio exterior: en 1989, con la llegada al gobierno del partido ARENA y bajo la presión de seguir las líneas del Consenso de Washington, comenzó un programa de re-oligarquización de la economía centrado en la propiedad bancaria y en la reprivatización de la parte industrial de la producción agroexportable. A mediados de la primera década de este siglo hubo un tercer cambio brusco de propiedad cunado los bancos en manos de la elite económica salvadoreña pasaron casi en su totalidad a ser de propiedad de instituciones bancarias extranjeras. Tres profundos cambios en la tenencia del capital en menos de tres décadas. No se ha hecho un estudio serio sobre las consecuencias que esta realidad con poco paralelo ha tenido en las dificultades de pasar de la paz negativa a la paz positiva.

[3] En el momento en que se realizaba Esquipulas II, el gobierno de Estados Unidos de América impulsaba al grupo para militar llamado “la contra” que intentaba derrocar por las armas al régimen sandinista, lo que era complementado con esfuerzos de bloqueo económico y político. En tanto Guatemala y El Salvador estaban inmersos en una guerra civil entre la fuerzas de sus gobiernos y grupos insurgentes proclamados socialistas (en El Salvador el gobierno contó con un respaldo más abierto que en Guatemala, en parte por la mayor fortaleza relativa del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional)

[4] Para algunos analistas de la realidad de El Salvador, ese debilitamiento de la capacidad del Estado – ya débil por la eliminación de la gobernanza represiva a cargo del ejército – es uno de los factores que permitió el desarrollo de las estructuras de violencia que azotan actualmente a El Salvador.