Construyendo los derechos humanos en Estrasburgo

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Construyendo los derechos humanos en Estrasburgo

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos y el Consejo de Europa

A veces un aniversario nos invita a la reflexión, a hacer un alto en el camino, a acometer colectivamente la mirada hacia atrás y hacia delante al camino recorrido y por recorrer, extraer las lecciones de la experiencia, de lo vivido, para a la luz de ellas encarar con mejor sabiduría, mejor lucidez, los retos que afrontamos, que nos plantea el tiempo que viene. A veces para ello tenemos la oportunidad de apresar en un cilindro el vapor del conocimiento acumulado por la dedicación de quienes hemos sido y somos España en el Consejo de Europa, hacemos de la construcción de Europa argumento de nuestra esperanza y objeto de nuestra dedicación. Como la de impulsar desde la Representación Permanente de España en el Consejo de Europa junto al Tribunal Europeo de Derechos Humanos la elaboración del libro colectivo que, con el título Construyendo los derechos humanos en Estrasburgo. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos y el Consejo de Europa, ha publicado la editorial Tirant lo Blanc. Con la coordinación de la magistrada por España en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), María Elósegui, y los juristas en éste Carmen Morte, Anna Maria Mengual y Guillem Cano, cuenta, además del prefacio del Presidente TEDH Linos-Alexandre Sicilianos, con la aportación de la mayoría de los españoles que trabajan en éste y en las demás instituciones del Consejo de Europa, ofreciendo desde dentro, desde el procesamiento de lo aprendido en la experiencia, una visión única y holística, hasta ahora no aglutinada en un único libro, sobre el sistema de la Convención Europea de Derechos Humanos y los demás mecanismos de promoción de éstos, del Estado de Derecho y de la democracia del Consejo de Europa.

Única, y en español, pues Europa también se construye, la construimos, en español. Única en el quiénes, el qué y el para qué. Quiénes de quienes han hecho de la construcción europea y del Consejo de Europa y el sistema de la Convención Europea de Derechos Humanos argumento de su esperanza y objeto del quehacer de su vida cotidiana, saber y experiencia que este libro ofrece una oportunidad única de compartir. Qué del sistema de la Convención Europea de Derechos Humanos, el Consejo de Europa y los otros mecanismos de éste de establecimiento de estándares y monitoreo para la promoción de los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia. Para qué de contribuir a su conocimiento en la sociedad, entre la ciudadanía que es su origen y fin, afrontando la necesidad y reto de promover su visibilidad y comunicación, en general y muy particularmente en el mundo que habla, piensa y sueña en español, en línea con otras iniciativas promovidas por España como la que permite la traducción al español de toda la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Única en el cuándo, pues es el setenta aniversario del Consejo de Europa y el sesenta aniversario del Tribunal Europeo de Derechos Humanos en 2019 los que motivan su elaboración, y coincidiendo con el setenta aniversario de la Convención Europea de Derechos Humanos en 2020 ha visto la luz.

Es el libro entero en esta ocasión la carta en la botella, y a su lectura remito a quienes estéis en él interesados. Mas como aproximación bien podéis entrar con él en contacto con la lectura del índice que os aproxima al contenido de sus treinta capítulos. Y os comparto, como carta en la botella en el mar de esta web, el ensayo “El Consejo de Europa y el sistema de la Convención Europea de Derechos Humanos en el gran angular” que publico como capítulo en la introducción. De la celebración de Europa, de la reflexión sobre ella desde la doble perspectiva de la realización de las ideas en la Historia y de la transformación de la memoria en esperanza en él os hablo.

El Consejo de Europa y el sistema de la Convención Europea de Derechos Humanos en el gran angular

Se cumple este año 2019 el setenta aniversario del Consejo de Europa, y el sesenta aniversario del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que de éste forma parte. Tiempo para celebrar, y tiempo para para reflexionar.

Para celebrar, pues celebramos aquello que somos y en lo que creemos. Celebramos lo que pasó para que fuéramos lo que somos y quiénes somos y queremos seguir siendo. Celebramos en lo que creemos y celebramos que creemos. Celebramos los momentos hermosos de la vida, y los celebramos para hacerlos más hermosos. Y la vida misma, y haber nacido. Y la muerte para que en nosotros sigan vivos quienes en nosotros viven. Celebramos que estamos juntos, para estar juntos; y nos juntamos para celebrar. Celebramos que somos nosotros, el nosotros que somos y para ser nosotros. Celebramos lo que hemos hecho, lo que hemos conseguido, lo que hemos sido y queremos ser. Celebramos el Consejo de Europa en su setenta aniversario y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en su sesenta aniversario.

Para reflexionar, pues todo aniversario constituye un parteaguas, un momento para hacer un alto en el camino, para volver la vista atrás y contemplar la machadiana senda que no hemos de volver a pisar, y para mirar hacia delante, en el siempre y en el mundo. Para reflexionar en la doble perspectiva de la realización de las ideas en la Historia y de la transformación de la memoria en esperanza.

Nos decía María Zambrano que el hombre es el único ser que no sólo sufre la Historia, sino también la hace, quiere hacerla, y en ese querer, en ese hacer, realiza su esencia. Y Kant que es el único ser que se trasciende a sí mismo. En la perspectiva de la realización de las ideas en la Historia, y en particular de las de derechos humanos, Estado de Derecho y democracia que alientan al Consejo de Europa y constituyen la razón de su ser y su hacer, no podemos dejar de contemplar en el hoy que no existía en el ayer el Convenio Europeo de Derechos Humanos y sus protocolos adicionales y el sistema de protección internacional de los derechos humanos único que configuran, caracterizado por la posibilidad de acceso de los ciudadanos, una vez agotadas las instancias internas, al Tribunal Europeo de Derechos Humanos; ni los más de doscientos veinte convenios del Consejo de Europa sobre todos los aspectos relevantes relacionados con los Derechos Humanos, el Estado de Derecho y la democracia, desde la cibercriminalidad a la lucha contra la corrupción o al blanqueo de dinero, desde la lucha contra la tortura a la lucha contra la violencia contra las mujeres o el tráfico de seres humanos o de órganos, o la protección de la democracia a través del Derecho - que dio lugar a la Comisión de Venecia -, o a la Carta Social Europea, que fundamenta nuestros derechos sociales, o la de la autonomía de los poderes locales, por citar algunos ejemplos. Ni de sentir la satisfacción de vivir en un sistema paneuropeo compartido de promoción de los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia a través de la negociación y aplicación de dichos convenios el ciclo establecimiento de estándares-monitoreo-cooperación para su cumplimiento, con una estructura institucional en que, junto a los gobiernos, están presentes otros poderes e instancias del Estado y la sociedad. Pues junto al Comité de Ministros - órgano de gobierno del Consejo de Europa al que reportan los comités intergubernamentales y de expertos instituidos por los convenios - cuenta éste entre sus órganos, además del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y la Comisaria Europea de Derechos Humanos, con la Asamblea Parlamentaria, el Congreso de Poderes Locales y Regionales y la Conferencia Internacional de ONGs.

Podríamos seguir levantando acta de las actividades a las que dedicamos o hemos dedicado los autores de este libro nuestras vidas, e incluso nuestros sueños. Pero podemos también preguntarnos por las ideas y asunciones subyacentes a éstas, las preguntas sobre lo que está en juego en el Consejo de Europa, con el Consejo de Europa, lo que da a éste – y a lo que en él hacemos – su sentido último.

Con el Consejo de Europa, está en juego el Derecho. Pues si éste se ha construido siempre en base a la norma en la que confluyen la legitimidad aceptada por la ciudadanía y el monopolio del uso de la fuerza por parte del Estado como garantía de su cumplimiento, y culmina en la Constitución la pirámide kelseniana del Derecho así garantizada, más allá del Estado, en el ámbito internacional, se plantea el reto de construir el Derecho compartido sin monopolio de la fuerza compartido. Y si tradicionalmente el Derecho Internacional se ha basado en el pacta sunt servanda que guía a los tratados, y en definitiva la garantía de su cumplimiento ha sido el uso de la fuerza de un Estado contra otro, la guerra como alternativa al Derecho; con el sistema de la Convención Europea de Derechos Humanos y con el Consejo de Europa asistimos a construcción de un sistema compartido de derechos humanos, Estado de Derecho y democracia sin la creación de un monopolio de la fuerza compartido, sino, al contrario, a cuyo servicio se pone el monopolio de la fuerza de cada Estado miembro. Un sistema que permite, por primera vez en la Historia, al individuo, a la persona, ser persona de Derecho Internacional Público, sujeto y no sólo objeto de éste, al facilitársele el acceso a una jurisdicción supranacional de los derechos humanos contra su propio Estado o cualquiera de los estados miembros. Un Tribunal, el Europeo de Derechos Humanos, cuyas sentencias son ejecutadas por los estados miembros como Derecho propio bajo la supervisión del Comité de Ministros, y constituyen jurisprudencia aplicable para los tribunales de todos ellos.

Con el Consejo de Europa, está en juego el contrato social. En el qué, y en el quiénes. En el qué, pues frente a la vieja polémica sobre éste entre Rawls y Nozick, frente al Estado mínimo del segundo y la consideración del mantenimiento del orden como razón del contrato social, abona éste una concepción rawlsiana del mismo, considera que no lo suscribimos sólo para gozar de cualquier libertad teórica, sino para garantizar la atención de las necesidades primordiales inherentes a nuestra condición humana, para que nuestra vida en sociedad sea la de la dignidad inherente a toda persona y el desarrollo de todas sus potencialidades. Suscribimos el contrato social, como nos señalaba John Rawls, para tener la posibilidad de disfrute efectivo de los derechos fundamentales que proclamamos en él; y ello requiere de la existencia para cada ciudadano y ciudadana de unas mínimas condiciones de subsistencia y de vida. El Convenio Europeo de Derechos Humanos y la Carta Social Europea conforman en su conjunto la fuente inspiradora del contrato social que compartimos los europeos, que se refleja en nuestras constituciones y ordenamientos jurídicos. En el quiénes, pues supera al de la ciudadanía de cada Estado y la Constitución que lo rige, para afirmar el de nuestra común y universal condición humana. Para afirmar ésta como elemento definidor de nuestra europeidad.

Con el Consejo de Europa, está en juego el orden y el sistema internacional. Pues si, como nos señala Robert Cooper en The post-modern State and the International Order, éste se ha construido tradicionalmente a través de la extensión del imperio o del equilibrio de poder, y es la lógica de este último la que caracteriza el sistema internacional desde el Tratado de Westfalia, no vivimos en Europa desde la creación del Consejo de Europa y su extensión a todo el continente en el orden internacional del equilibrio de poderes, en el que hacia dentro cada Estado puede tener el sistema político y el ordenamiento jurídico que considere oportuno en ejercicio de su soberanía nacional mientras respete las reglas del sistema internacional hacia fuera; sino en la Europa del orden internacional basado en el común compromiso con los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia y su realización a través de normas y estándares compartidos.

Con el Consejo de Europa, está en juego la construcción europea. Pues sin él, carecería de cimientos el edificio de la construcción europea, y de voz su poder ventrílocuo que se expresa a través de nuestras constituciones y leyes. Pues sobre los cimientos del Consejo de Europa se sustenta el edificio de la Unión Europea. Y aunque veamos sobre todo el edificio, no debemos perder conciencia de los cimientos y de la necesidad de cuidarlos.

Está en juego también, como hemos dicho, la emergencia del individuo en el Derecho y en el orden internacional, precisamente en lo que respecta a sus derechos humanos universales. Y sobre todo, la afirmación de nuestra común condición humana como cuestión subyacente a todas las planteadas. Asumir el reto de concebirnos, a nosotros mismos y al otro, de alguna manera como radios con diferentes emisoras o frecuencias. Algunas de las sintonías que captemos estarán en el mismo idioma, o emitirán programas de interés común, y formaremos un nosotros con aquellos que puedan comunicarse o recibir esa frecuencia. Aquellos en unos casos unos y en otros otros, frecuencias o sintonías generalmente conformadoras de nosotros particulares en el nosotros global. Sin embargo junto a ellas, entre ellas, al menos una frecuencia global, una emisora común, sintonía que podamos captar todos, para la comunicación de la humanidad común para la común navegación en la nave espacial Tierra destino futuro. Con una programación, también, a definir y construir en común. Necesidad y reto de construirla, de aprender a sintonizarla, a escucharla, a comprenderla, a comunicarse en ella, a utilizarla.

Está en juego, en definitiva, la alquimia de la memoria en esperanza. Pues si, como nos decía también María Zambrano, vivimos entre el presente del pasado, o la memoria, y el presente del futuro, o la esperanza, afrontamos siempre el reto de transformar la primera en la segunda, y en particular en este libro la memoria, la experiencia, la destilación de estos sesenta años del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y estos setenta años del Consejo de Europa, en la esperanza del futuro mejor por construir. Unos años, una experiencia, que han sido la concreción, la encarnación de una esperanza, la de la paz en Europa encarnada como un proyecto compartido de derechos humanos, Estado de Derecho y democracia tras las cenizas de la destrucción desoladora de la Segunda Guerra Mundial.

Imagina en una de sus narraciones Ismail Kadaré la resurrección de los imperios muertos, se pregunta cómo serían el mundo y la vida si el Imperio Otomano, o el Imperio Romano resucitaran, o no hubieran dejado nunca de existir, y construye en el intento de repuesta su ficción. Promovió el Informe Cecchini la creación del mercado interior sobre la base de calcular el coste de su no adopción. Bien podríamos, al mirar hacia atrás y hacia delante del Consejo de Europa en su setenta aniversario y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos en su sesenta aniversario, preguntarnos sobre el mundo y la Europa en que transcurrirían nuestras vidas si desapareciera éste del mapa o no hubiera éste llegado a existir, sobre el coste del no Consejo de Europa y del no Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el hoy y en el siempre.

Sin el Consejo de Europa y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, no estaría en juego todo lo que hemos dicho que lo está en el sentido en que lo está. Sin el Consejo de Europa, Europa no sería Europa, ni seríamos nosotros nosotros, y serían menos humanos los derechos humanos. Por eso al celebrar respectivamente su setenta y su sesenta aniversario celebramos que somos, lo que somos y queremos ser.

Constituyen los aniversarios ocasión para mirar hacia atrás, como hemos hecho, y para mirar hacia delante, en el tiempo y en el espacio, hacia el futuro y hacia el mundo. Al tiempo que no podemos dejar de agradecer la altura de la esperanza de quienes alumbraron el Consejo de Europa y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, al mirar hacia delante se nos plantea la pregunta de cuál es la esperanza, las esperanzas, que queremos iluminar, realizar en la Historia: de su altura, de su grandeza, depende nuestra contribución a la construcción de la Europa de los próximos setenta años.

Mirar hacia delante, y hacia dentro, al alma de Europa. Y al hacerlo, no quiero dejar de recordar lo que nos decía Simone Weil en L’enracinement, cuando se planteó con ese ensayo contribuir al alumbramiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Nos decía que no son tanto derechos, como obligaciones humanas, y lo son porque son exigencias para la alimentación, el cuidado, el encuentro con el alma universal de la que todos somos parte y en todos habita, la atención a sus necesidades y con ello la realización de nuestra esencia y el encuentro con nosotros mismos, avanzar en el camino hacia ser lo que podemos llegar a ser. Nos decía también que no es la nuestra un alma etérea, sino un alma enraizada. Pues todos estamos enraizados en vertical al tiempo de nuestros padres, nuestros antepasados; y en horizontal con nuestros coetáneos, nuestros conciudadanos, con quienes hablan nuestro idioma y compartimos nuestras identidades colectivas y el tiempo de nuestra común aventura humana. Nos decía en uno de sus versos Gabriel Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro que nos apunta al corazón. El futuro nos dispara las preguntas de cómo podemos promover el espíritu de Europa, el espíritu de las leyes de Montesquieu, el espíritu de las ideas de derechos humanos, Estado de Derecho y democracia, sin desenraizar el alma de Europa, curando, alimentando el alma de Europa. La pregunta, el reto de cómo escribir al mismo tiempo la filosofía y la poesía de Europa. Pues es Europa al tiempo realización, creación e hija del espíritu - de la razón – y del alma.

Mirar hacia delante, hacia el mundo. Pues si son humanos los derechos humanos, lo son universalmente en nuestra común condición humana, y no podrán realizarse éstos, el Estado de Derecho y la democracia que promueve en Consejo de Europa si se plantean sólo en Europa. Y adquiere por ello su sentido último el Consejo de Europa no sólo hacia dentro; sino hacia fuera, hacia el mundo, en la perspectiva de la construcción del sistema de gobernanza global que necesitamos para la construcción de la nave espacial Tierra destino futuro. Como referente para ésta. En el diálogo y relación con otros sistemas regionales. En la universalización y apertura de sus convenios a estados no miembros.

Mirar hacia atrás y hacia delante, y construir Europa en España, en Europa y en el mundo. Tal constituye en definitiva el propósito y sentido último de este libro, en el quiénes, el qué y el para qué. Quiénes de quienes han hecho de la construcción europea y del Consejo de Europa y el sistema de la Convención Europea de Derechos Humanos argumento de su esperanza y objeto del quehacer de su vida cotidiana, saber y experiencia que este libro ofrece una oportunidad única de compartir. Qué del sistema de la Convención Europea de Derechos Humanos, el Consejo de Europa y los otros mecanismos de éste de establecimiento de estándares y monitoreo para la promoción de los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia. Para qué de contribuir a su conocimiento en la sociedad, entre la ciudadanía que es su origen y fin, afrontando la necesidad y reto de promover su visibilidad y comunicación, en general y muy particularmente en el mundo que habla, piensa y sueña en español, en línea con otras iniciativas promovidas por España como la que permite la traducción al español de toda la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Es este libro fruto de la convergencia de muchas voluntades y dedicaciones que han hecho posible que vea la luz: de la iniciativa y la contribución de España a través de esta Representación Permanente y la voluntad compartida con el Tribunal Europeo de Derechos de promover su elaboración, de la dedicación de la magistrada española del mismo, María Elósegui – a quien quiero expresar el reconocimiento por ello – a su edición y coordinación, y de todos aquellos que han contribuido con su escribir a hacer posible esta obra colectiva. Vaya a todos mi agradecimiento.

Toda obra publicada inicia, al ver la luz de la letra impresa o de la pantalla del ordenador en la web, el viaje que realiza aquella encerrada en una botella por un náufrago en una isla desierta: no sabe a dónde va a llegar, ni a quién. Tal vez a nadie, tal vez a todo el mundo. Cada vez que empieza otra botella a flotar en el mar, el náufrago y la isla desierta pueden dejar de serlo. Cada vez que escribimos zarpa una botella de la isla que somos. Zarpa ahora ésta con la esperanza de alumbrar y dar a conocer el Consejo de Europa y el sistema de la Convención Europea de Derechos Humanos en quienes lo lean, y contribuir con ello a la promoción de los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia.

Manuel Montobbio

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