EL ATAMIENTO DE GULLIVER

  • EL ATAMIENTO DE GULLIVER

Se ha cumplido el pasado 4 de Noviembre el setenta aniversario de la firma en Roma de la Convención Europea de Derechos Humanos, conmemorada oficialmente ese día con una ceremonia en Atenas, cuna de la democracia, organizada por la Presidencia griega del Comité de Ministros del Consejo de Europa, con la participación de las máximas autoridades griegas y del Consejo de Europa. Tiempo de conmemoración, de celebración; y tiempo de poner las luces largas, dirigir la vista hacia atrás y hacia delante. Tiempo de reflexión: la que con el título “El atamiento de Gulliver”, la revista El Ciervo me ha hecho el honor de acoger en sus páginas de su número 784 de Noviembre-Diciembre de 2020. Una reflexión que os comparto como carta en la botella que lanzo al mar de esta web, con la esperanza de que nos inspire como a Gulliver en Liliput a seguir atando al Leviatán para hacer de los derechos humanos realidades humanas. Os invito a leer el texto a continuación, o si lo preferís podéis descargar al final el pdf del artículo tal como ha sido publicado en la revista.

El atamiento de Gulliver

Una reflexión en el setenta aniversario

de la Convención Europea de Derechos Humanos

Celebramos este otoño el Setenta Aniversario de la firma el 4 de Noviembre de 1950 en Roma de la Convención Europea de Derechos Humanos (CEDH), fruto a su vez del proceso iniciado con el Congreso de La Haya en 1948 y la creación, con la firma del Estatuto de Londres el 5 de Mayo de 1949, del Consejo de Europa como proyecto compartido de paz y orden internacional en Europa sobre el compromiso común con los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia. Fruto, e instrumento para su realización efectiva, como nos muestra el camino recorrido. Pues si constituye argumento de la Historia y de la política la traslación a la realidad de las ideas y del papel de los convenios y las leyes, no podemos dejar de observar al contemplarlo su conformación en guion de la obra colectiva que, consciente o inconscientemente, interpretamos.

Al volver la vista atrás a la machadiana senda que no hemos de volver a pisar, contemplamos el largo camino de la Convención Europea de Derechos Humanos hasta su madurez actual, marcado por el crecimiento en el contenido, ámbito y garantías de los derechos, objeto de los protocolos adicionales; por la extensión multiplicativa del ámbito geográfico de aplicación y los millones de ciudadanos destinatarios con la progresiva ampliación de los estados miembros de los diez iniciales a los cuarentaisiete actuales, con el salto cualitativo que lleva a hacer de toda Europa – excepto Bielorrusia – un espacio compartido de derechos humanos, Estado de Derecho y democracia por la común pertenencia al Consejo de Europa, y como consecuencia y condición la suscripción de la Convención y el sometimiento al Tribunal Europeo de Derechos Humanos; por el salto cualitativo en el acceso de los ciudadanos a éste que supone el Protocolo 11, con la supresión de la Comisión de Derechos Humanos y la consideración previa de ésta; y el proceso de reforma para hace posible la gestión del aumento exponencial de casos, iniciado en Izmir e Interlaken, que culmina ahora con la entrada en vigor del Protocolo 16 el 16 de Agosto de 2018 y del Protocolo 15 próximamente. Pues refuerzan éstos la capacidad de procesamiento de casos del Tribunal, fortaleciendo el principio de subsidiariedad. El 15, confiando el protagonismo en la interpretación y aplicación de la convención a los tribunales nacionales. El 16, abriendo la posibilidad de consulta previa al Tribunal de las jurisdicciones superiores de los estados miembros, ampliando la posibilidad de conformación de jurisprudencia por éste y facilitando la conformidad con ella de la de éstos.

Más allá del qué, los hitos y los hechos que han jalonado esa evolución, esa maduración, su trascendencia, su implicación transformadora del mundo y de la vida que vivimos. En la perspectiva de las siete décadas transcurridas, bien puede decirse que esa firma de la Convención en Roma constituye el momento hamiltoniano en la conformación del orden internacional y político en Europa, punto de inflexión en el desacoplamiento entre el Derecho y el monopolio de la fuerza por el Estado, que se pone por primera vez al servicio de la ejecución de sentencias supranacionales; en la emergencia del individuo como sujeto de Derecho Internacional Público, capaz de demandar al Estado por su cumplimiento de la Convención ante el Tribunal; y entre la identificación de la Sociedad Internacional en Europa con el estado de naturaleza del equilibrio de poderes su identificación con el contrato social de la Convención Europea de Derechos Humanos. Si se da ese punto de inflexión, ello se debe en buena medida al atamiento de Gulliver y al poder ventrílocuo del TEDH.

Despierta Gulliver en las playas de Liliput atado por cientos de cuerdas con que los liliputienses pretenden inmovilizarle, esposarle. Nos dicen Acemoglu y Robinson que el corredor estrecho en que la libertad – y la realización efectiva de los derechos humanos – resulta posible se conforma por el equilibrio entre el Estado y la sociedad, por el esposamiento del Leviatán por parte de ésta. Pues necesitamos al Estado y su poder para realizar efectivamente los derechos humanos, y necesitamos al tiempo ponerle esposas, límites para que los respete frente a nosotros. De alguna manera, la Convención y los 221 convenios relacionados con los derechos humanos del Consejo de Europa, y sobre todo los miles de sentencias del Tribunal durante estos setenta años, constituyen las cuerdas con que los ciudadanos, cada uno frente a él impotente, como a Gulliver atamos, esposamos al Leviatán. Ninguna cuerda es suficiente para inmovilizarlo, para condicionarlo en su acción, ninguna sentencia o convenio por sí sólo lo retiene; pero los miles de casos resueltos al año por el Tribunal, los ríos de tinta de jurisprudencia constituyen – junto al ciclo establecimiento de estándares-monitoreo-cooperación del CdE – el gran esposamiento del Leviatán, garantía sin retorno de nuestros derechos humanos.

Y si ello es así, lo es en buena medida por el poder ventrílocuo del Tribunal y las virtudes engendradoras de la Convención. Ventrílocuo a través de su jurisprudencia, su sistema que hace de la convención partitura a interpretar siempre frente a los retos que va planteando la vida en sociedad; que se asume por todos los tribunales de los cuarentaisiete estados miembros, inspira y se transforma en jurisprudencia nacional, y vestida de ella a menudo llega al ciudadano, hasta que se olvida incluso su origen, hasta que se transforma en evidente o subyacente, en cultura. Ventrílocuo a través de los mecanismos de inserción en el ordenamiento constitucional y jurídico de los estados miembros – en nuestro caso, los artículos 66.1 y 10.2 de la Constitución – y a través de la ejecución de sus sentencias del Tribunal – por el Tribunal Constitucional y el Poder Judicial, por el Legislativo con la adaptación del ordenamiento jurídico, por el Ejecutivo con las indemnizaciones y el cambio de políticas públicas -. Ventrílocuo, a través del efecto multiplicador de que los casos de los otros 46 estados miembros crean jurisprudencia y se convierten en referentes para el nuestro. Ventrílocuo, en fin, porque sus sentencias son de conocimiento público e inspiran las demandas de los ciudadanos ante los tribunales y el Tribunal. De alguna manera, lo que hace setenta años era un papel a llevar la realidad, es hoy una marioneta que ha adquirido su propia vida más allá del texto que la engendró, que se ha multiplicado en miles de textos, de realidades en las que se encarna y concreta, en las que seguiría viviendo más allá de su vida.

Mirando hacia delante, nos señala el horizonte del futuro los retos que afronta el sistema europeo de derechos humanos articulado en torno a la Convención y los demás 221 convenios del Consejo de Europa. Reto del COVID-19 y la crisis que conlleva en su relación con los derechos humanos, el Estado de Derecho y la democracia, en la definición de estándares, monitoreo y cooperación para evitar que el virus del COVID-19 lo sea también para éstos. En lo sustantivo y en lo procedimental, especialmente en relación a los derechos sociales y sanitarios y a la gestión de los estados de emergencia y alarma. Reafirmando nuestra solidaridad horizontal – en y entre nuestras sociedades -, vertical – con los mayores y con las generaciones que nos sucederán al volante – y de género. Retos de la inteligencia artificial y del cambio climático y la sostenibilidad medioambiental en relación con los derechos humanos.

Si, como bien nos decía María Zambrano, vivimos entre el presente del pasado, o la memoria, y el presente del futuro o la esperanza, afrontamos el reto de transformar la experiencia de estos setenta años de vida de la Convención Europea de Derechos Humanos en la esperanza del futuro mejor por construir. Unos años, una experiencia, que han sido la concreción, la encarnación de una esperanza, la de la paz en Europa encarnada como un proyecto compartido de derechos humanos, Estado de Derecho y democracia tras las cenizas de la destrucción desoladora de la Segunda Guerra Mundial. De la altura de nuestra esperanza, la amplitud de nuestra ambición y visión de futuro dependen también las generaciones que conmemorarán lo que hicimos dentro de setenta años. De la conciencia, también, de que los derechos humanos son al tiempo, como nos decía Simone Weil en L’enracinement, obligaciones humanas: con la vida, con el planeta, con el alma. Nos dice el Tao Te King que con un solo paso se inicia un camino de más de tres mil leguas: muchas son las que hemos caminado desde dimos el primero aquel día en Roma. Hemos caminado, estamos caminando, y queremos ir más allá; que el ser humano sea plenamente humano, y que lo sea en mismo y en el otro, los otros, en la vida y con la vida, en el planeta y con el planeta. ¡Larga vida a la Convención Europea de Derechos Humanos!